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Los viajes de la música

PRÓLOGO

De las artes, aquella que viaja más rápido en el tiempo, es la música, porque es impulsada por el viento. La música es poesía sonora y la poesía es música llevada al lenguaje literario. Ambas son tan antiguas como la historia de la humanidad y nacieron al mismo tiempo, en la época de los aedas, los rapsodas, los juglares y los poetas.
La música y la poesía vienen de las comunidades que se han expresado oralmente, para cantarle a sus dioses, cantarle a la naturaleza, al trabajo, al recién nacido y al difunto.  Música y poesía son una pareja indisoluble que siempre han marchado juntas de la mano.
El presente ensayo nació gracias al deseo que siempre he tenido por la música popular Afroamericana: aquella diáspora cultural que se ha extendido desde el legendario barrio de Harlem, en Nueva York, hasta el Río de La Plata, en Uruguay y Argentina, pasando, por supuesto, por el mar Caribe y el mar Pacífico.
Desde mi infancia tuve la fortuna de tener una relación afectiva con la música. Así como el son (columna vertebral de la música del Caribe) entró a mi ciudad a través del puerto de Buenaventura, o así como el currulao (columna vertebral de la música del Pacífico), viajaron a mi ciudad por el mismo puerto.
Antes de aprender a hablar en español, mi generación aprendió a bailar la música cubana. Esta música venía en los clásicos discos de acetato negro, y eran transportados por los marineros, en los barcos que hacían la ruta: La Habana, Ciudad de Panamá y Buenaventura.
De aquellos años juveniles mi generación comprendió que América también se podía explicar a través de la música.
De esta pasión por el arte de Orfeo nació una curiosidad enorme por la música que se producía en el país; pero así mismo, por la música que se interpretaba en otras latitudes.  
De esta forma fue naciendo un deseo inmenso por conocer el son, la cumbia, el porro y el currulao; pero también, el jazz, el merengue, la bomba, la plena, el calipso, el candombé, el samba, el bosa nova, el rap, la timba y el songo.
De aquel conocimiento que entró por el oído, se fue creando en mi espíritu un mundo sonoro rico y vario, como es nuestro continente.
Con la música vino la poesía; la rica poesía Afroamericana que nació con el canto de los bogas y con las voces sincopadas de los negros que emergieron en la plantación de caña y el socavón. Desde el año 1500, los afrodescendientes supieron expresar sus alegrías, sus penas y sus dolores, a través del verso hecho canción.
Desde sus orígenes, la poesía Afroamericana tuvo su marcada influencia del romance español, que viene del Siglo de Oro, a través de autores como Jorge Manrique, Lope de Vega, Luis de Góngora y Argote y Vicente Espinel, entre otros. Espinel, quien nació en la región de Andalucía, es el precursor de la décima, que se conoce mejor como Décima espinela, en honor a su nombre, y fue la que se propagó en el continente americano.
La música me llevó a conocer a los poetas negros de América y los poetas me llevaron de la mano y me mostraron el ritmo, la cadencia y el frenesí de la música: Nuestra Cosa latina.   
Este trabajo va desde el viaje del tambor, que se inicia en el año 1500, hasta llegar a las músicas contemporáneas, como el Rap y el Hip Hop, que hoy surgen en las calles y suburbios de las principales ciudades de América, gracias a la pujanza de la juventud latina.
No puedo dejar de nombrar aquí a algunos estudiosos y melómanos de la música negra americana, que me dieron luces de navegación, en este viaje poético-musical por el continente. Mencionemos a: Fernando Ortiz, Alejo Carpentier, Lydia Cabrera, Joachim Berendt, Luc Delannoy, Alex Ross, Cristóbal Díaz Ayala, Manuel Zapata Olivella, Orlando Fals Borda, Rogerio Velásquez, Peter Wade, Isabel Castellanos, Ildefonso Pereda Valdés, José Sanz y Díaz, Armando González Pérez, Ángel G. Quintero, Alejandro Ulloa, César Pagano, Sergio Santana, Isabel Aretz, Umberto Valverde, Medardo Arias, Rafael Quintero, Gary Domínguez, Richard Yory Torres, Ossiel Villada, Andrea Arboleda, Orlando Montenegro, Lucy Lorena Libreros, Óscar Jaime Cardozo, Alfredo Vanin, Pablo Montoya, Ariel Castillo, Álvaro Suescún, Adriana Maya y Alberto Salcedo.
Los viajes de la música es un trabajo que se despliega a lo largo de nuestras costas; desde el delta del río Mississippi hasta el delta del río Paraná. Es, así mismo, un homenaje a la Memoria poética y musical americana. Es un ensayo para ser leído; pero ante todo, para ser escuchado. Al fin y al cabo, el oído es el órgano más cercano que tenemos al espíritu humano.
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