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La búsqueda del paraíso

Fragmento de La búsqueda del paraíso (Biografía, 2003)


La fundación del Paraíso

A mediados de 1830, Santiago de Cali era un cantón de doce mil habitantes, que al norte limitaba con las minas de Yumbo, Yotoco y Bitaco; al sur con las haciendas que estaban situadas sobre la orilla derecha del río Lili, donde se destacaba la hacienda de Cañasgordas, que era propiedad del último Alférez Real que tuvo la ciudad, don Manuel de Cayzedo y Tenorio; al occidente, con los barrios San Antonio y el barrio El Peñón, conocido por el famoso charco de El Burro; y al oriente, con El Vallano.

El centro, que era el lugar más importante de la ciudad, estaba conformado por los barrios La Merced, Santa Rosa y Santa Librada, donde se destacaba la Plaza Mayor, el convento de San Francisco con su torre Mudéjar, La Merced, Santo Domingo y el colegio de Santa Librada, que funcionó durante varios años en el viejo claustro de San Agustín.

George Henry Isaac y Manuelita Ferrer se instalaron en una casa del barrio El Peñón entre el charco de El burro y la colina de San Antonio.

Fue Manuelita, gracias a sus vínculos familiares y a sus amistades con los hacendados y comerciantes de la ciudad, que comenzó a vincular a su esposa con la región. Al principio, George Henry Isaacs trabajó como rematador de bienes del general Obando pero muy pronto se hizo nombrar jefe del cantón de la Villa de las Palmas, antiguo Llanogrande.

—Yo descubrí el Paraíso gracias a una mujer —diría quince años más tarde cuando adquirió la hacienda de la Sierra.

Con la visión prodigiosa que lo caracterizaba, una tarde mientras recorrían a caballo las haciendas ganaderas y tabacaleras que colindaban con la Villa, George Henry Isaacs soñó con construir allí su casa.

—Aquí construiremos nuestra casa y cultivaremos caña de azúcar. -Le dijo a Manuelita-. De la caña sacaremos miel y pan de azúcar, que servirá para endulzarle el paladar a la gente.

La pasión de George Henry por el cultivo de la caña venía de sus antepasados, que la habían cultivado en Jamaica desde los tiempos de Colón, cuando el almirante la introdujo en el Caribe durante su segundo viaje.

Aquel sueño de construir la casa en el corazón del valle no se produjo sino diez años después, cuando George Henry Isaacs fue nombrado jefe político del cantón de la Villa de las Palmas y tuvo la oportunidad de comprarle a don Mario Becerra los terrenos llanos que él bautizó con el nombre de Manuelita como un homenaje a su mujer por haberlo sacado del infierno de las selvas del Chocó y guiarlo hasta el Valle del Cauca.    

—Amor, aquí construiremos nuestro Paraíso —le dijo.

Manuelita, menos utópica y más realista que él, recordó las tribulaciones que había tenido en las minas de Nóvita, el incendio en Quibdó que le había destruido su negocio, y confió en que las palabras de su marido se cumplieran pronto.

—George Henry, yo te ayudaré en tu empresa con la ayuda de Dios y la de mi familia. —le dijo.

Instalados en Cali en la casa de don Lorenzo Umaña, que quedaba ubicada en el barrio El Peñón, George Henry se dedicó a establecer relaciones con los ganaderos, con los políticos y los comerciantes de la ciudad, y muy pronto se ganó el cariño y la amistad de  personalidades como don Manuel María Mallarino (quien iba a ser Presidente de la República en 1855), Manuel Garcés, Antonio Carvajal, Guillermo B’yrne, Domingo Caicedo, Mario Becerra, Tomás Plácido de Navia y José María Martínez Barona.

Hasta que gracias a la dote que había recibido de la familia de Manuelita, le compró a don Lorenzo Umaña la casa del barrio El Peñón.  
Allí vivió durante toda su vida con su mujer, con sus nueve hijos y con sus esclavos que vinieron con él desde el Chocó. Allí, treinta y un años después, y en medio de las fiebres producidas por la malaria que había atrapado en La Víbora, Dagua, el escritor Jorge Isaacs, su hijo preferido, terminó de escribir el último capítulo de María.  

Instalado en el Valle, George Henry Isaacs no dejó de planear el gran sueño de hacerse a una casa con trapiche, tierras, estancia, ganado, esclavos y demás enseres, y empezar a cultivar caña de azúcar, que según él sería definitiva para el progreso y desarrollo de la región como había sucedido años atrás en las islas de las Antillas cuando Colón trajo las primeras plantas; como había pasado dos siglos atrás en el sur de España cuando los árabes la transportaron desde Persia; y como había sucedido en Persia cuando Alejandro Magno la introdujo desde Nueva Guinea, en África.   
George Henry soñaba con la hacienda cañera y con la carretera al mar que sacaría el producto al exterior, cuando el 1o de abril 1837 se produjo un acontecimiento extraordinario en la casa de partos de Cali, que estaba situada al frente del antiguo claustro de San Agustín: Manuelita Ferrer Scarpetta dio a luz a su segundo hijo, Jorge Ricardo Isaacs Ferrer, que sería el primer novelista de Colombia y de América.
La llegada de Isaacs llenó de alegría la casa del Peñón.
En aquellos años, la llegada de un niño a una casa, aparte de causar el alborozo natural entre sus progenitores, era signo de buen augurio. George Henry lo comprobó cuando aquel mismo año que Isaacs vino al mundo, lo nombraron Gobernador de la provincia de Buenaventura, y un año más tarde, lo declararon jefe político del cantón de la Villa de las Palmas, que por orden del cabildo se siguió llamando el cantón de Palmira.
Con estos dos cargos, el judío inició el gran proyecto del cultivo de la caña en la región que transformó al Valle del Cauca durante los últimos ciento cincuenta años.
George Henry Isaacs compró a Mario Becerra las planadas situadas entre el río Nima y el río Amaime. Y allí, en el aquel lugar paradisíaco sembrado de ceibas, palmeras y samanes, fundó la hacienda Manuelita.

La llegada de Isaacs al mundo auguró tiempos de bonanza y progreso para la región. George Henry compró mano de obra esclava e inició el cultivo y la explotación de la caña, produciendo por primera vez en la región, la miel de purga y el pan de azúcar que llegaron a abastecer los mercados de Cali, Palmira, Buga y Popayán.

Con los dividendos que fue dejando la hacienda, el padre de Isaacs se comprometió con la región a impulsar el camino a Buenaventura; el camino Cali-Palmira; construyó el matadero y el cabildo; y ayudó a trazar la cuadrícula urbana de Palmira, que debido a su topografía llana, pasó a ser la ciudad de las calles más rectas de Colombia.

Mientras la región bullía de progreso, Isaacs pasaba su niñez entre la casa de El Peñón y la hacienda Manuelita, donde la familia tenía largas temporadas debido al trabajo intenso que allí se vivía.

Allí, en aquel campo tapizado por el verde intenso de la caña, transcurrirá la infancia de Isaacs. Allí, en aquella extensa llanura abrasada por el sol y que es cortada cada segundo por el graznido de los cuervos, el futuro escritor experimentará por primera vez la experiencia de la epifanía, y sentirá un deseo profundo de describir el paisaje. Allí, en aquella hacienda que llevará por siglos el nombre de su madre, nacerá el escritor de María, que a los veintisiete años de edad se refería con estas palabras al paisaje colombiano:

“El cielo tenía un tinte azul pálido; hacia el Oriente y sobre las cuestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso. Hacia el Sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes lejanos. Cruzaba planicies de verdes gramales, regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían hermosas vacas que abandonaban sus sesteaderos para internarse en las lagunas o en las sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones frondosos”.

Isaacs recibió sus primeras clases de castellano, latín y geografía con el profesor Aragón de Buga y luego fue enviado a la ciudad de Popayán donde recibió clases de aritmética con el profesor Manuel María Luna, que fue también el mentor de los poetas Julio Arboleda y Guillermo Valencia.
La intención de su padre era que Isaacs recibiera su formación básica en Colombia y luego se fuera a Londres a estudiar medicina. Por esto se preocupó por la educación del muchacho y luego de su experiencia académica en Popayán donde Isaacs conoció por primera vez el rancio olor de la aristocracia de la patria, lo envió a la edad de once años a Santa Fe de Bogotá que se preciaba por ser la “Atenas suramericana”, la ciudad más culta e ilustrada de las recién liberadas colonias americanas.

Isaacs estudió en Bogotá en el colegio del Espíritu Santo, bajo la rectoría del doctor Lorenzo María Lleras, y luego continuó sus estudios en los colegios de San Buenaventura y de San Bartolomé, donde se formaba la nueva élite dirigente del país.

De Santa fe de Bogotá el joven Isaacs conoció las ambiciones del poder y percibió con su espíritu agudo y suspicaz, las enconadas luchas entre los conservadores y los liberales, que finalmente definieron el destino de la patria.

Corría el año de 1849. Los liberales acababan de derrotar a los conservadores a través del triunfo de José Hilario López sobre Mariano Ospina Rodríguez. El país, que estaba dividido en nueve regiones, vivía una atmósfera de agitación, de guerra civil y de grandes cambios que se tradujeron en 1851, cuando los liberales ganaron la guerra, en la expulsión de la Compañía de Jesús, la creación de las Sociedades Democráticas y la abolición de la esclavitud.

Esta última ley, que fue aprobada el 7 de marzo de 1851, fue el florero de Llorente que cambió la estructura económica del país y de los hacendados del Valle del Cauca, donde se contaba entre ellos a George Henry Isaacs.

Presionados por la guerra los dueños de las tierras del Cauca tuvieron que aceptar la orden de manumisión y empezar a liberar esclavos.

Esta situación fue la que dio al traste con la hacienda vallecaucana y empezó a crearle dificultades económicas a su padre.

Entre los hacendados del Valle que tuvieron que acogerse a la ley de manumisión de esclavos por presión de los liberales, podemos citar entre otros a: Manuel María Mallarino, Manuel José Escobar, José Lloreda, Antonio Carvajal, Francisco Borrero, Víctor Cabal, Josefa Castro, Manuel María Buenaventura, José María Guerrero, Antonio Zamorano, Carlos Palau, Julián Vallecilla, Juan Antonio Caicedo, Petronila Herrera y George Henry Isaacs.

Al año siguiente de la liberación de los esclavos, el joven Isaacs regresó de Santa fe de Bogotá. A pesar de su edad traía dos elementos a favor que fueron claves en sus años posteriores como escritor y como político : la experiencia de haber estudiado en la capital y la influencia de las ideas liberales que pudo captar mientras asistía a los claustros con el doctor Lorenzo María Lleras.

Isaacs llegó al Valle en medio de un ambiente de agitación y de guerra. Los hacendados conservadores, con su padre a la cabeza, se oponían a las reformas liberales que vulneraban sus intereses económicos. Los curas lanzaban el grito al cielo por la expulsión de los jesuitas del país. Los artesanos empezaban a organizarse alrededor de las Sociedades Democráticas y a apoyar las fugas masivas de los negros esclavos que se llevaban a cabo en las haciendas.

Con la visión que le había dejado su primer viaje a la capital, Isaacs pudo apreciar la dimensión del problema y se dio cuenta que su padre empezaba a tener dificultades con su hacienda y con las ideas conservadoras que hasta la fecha había pregonado.

Sin tomar partido por uno u otro bando, el joven Isaacs, que ya había sido picado por el virus de las ideas radicales, sintió por primera vez cómo aquella figura autoritaria y religiosa de su padre que había fundado el Paraíso se empezaba a desboronar debido a la fuerza implacable de los acontecimientos.  A la fuerza de la historia, que es la partera de los hombres y mujeres.

Isaacs vio a su padre luchando a brazo partido para que sus esclavos no abandonaran la hacienda; vio a su padre uniéndose con los conservadores de la región para que la turbamulta no fuera a incendiar los cultivos; vio a su padre protegiendo a los curas que vestidos de paisanos abandonaban de noche la ciudad y se dirigían al puerto de Buenaventura, hacia el destierro. Vio a su padre bebiendo anís y jugando al tresillo en sus noches de insomnio para mitigar la derrota económica que empezaba a sufrir. Entonces cuando una noche, su padre, ebrio, le anunció que no podía pagarle sus estudios de medicina en Londres y que por el contrario debía alistarse como soldado e ingresar a la guerra, Isaacs comprendió que la derrota económica de su padre significaba el comienzo del fracaso del Paraíso, que él había forjado con tanto esmero.

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