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Música para bailadores

MÚSICA PARA BAILADORES. 

"Falsaria" dedicado a mi amigo, el bajista Carlos Córdoba.

"Betty pidió bailar y terminó pagándole a la orquesta. Nada es gratis en la vida".
James Ellroy.
A Carlos Córdoba

A nueve años, tres meses y diecisiete días del año dos mil, la gente lo que pide es candela. Miguel Borrero, el hombre de la sonrisa de cristal, me lo dijo:
"¡Candela! ¡La gente lo que quiere es candela!", y con un copa de aguardiente Blanco, hielo y tajadas de limón, a medio servir, se movía en medio de la noche, tratando de seguirle el paso a una mulata exuberante que venía del oriente profundo.
Miguel Borrero no la conocía, pero apenas la vio resplandecer con su vestido negro y sus medias de seda negras, le cayó como un gallinazo, y no la soltó hasta el amanecer.
Era el clásico free-lance de las grandes ciudades ―como él decía― y se sentía orgulloso de su profesión, sobre todo, cuando estaba al frente de esas negras altas e inalcanzables que suelen abandonar por una noche El Poblado, para irse a mezclar entre la gente. 
"Oye, ¿tú qué haces?" "¿Yo?"; echándose para atrás como un sonero, contestaba con una sonora carcajada: "¿Yo? ¡Yo soy free-lance!".
Era para no creerle. Detrás de esa fina y afelpada piel, yo sabía que se escondía el alma de un bailador. Su figura no muy alta y espigada (extraña combinación de un Johnny Pacheco con Héctor Lavoe), realmente le ayudaba. 
No es exagerado decirlo, pero Miguel Borrero era uno de esos bailadores espléndidos que se deslizan suave y con habilidad por la pista, sabiendo siempre lo que quieren. Al bailar todo su cuerpo se iluminaba y, como pocos bailarines de hoy en día que creen que el arte de la danza consiste en hacer malabares y desbaratarse en el piso, Miguelito se movía con esa magia envolvente y sutil, llena de audacia e imaginación, que tanto anima y excita a las mujeres. 
Era ―como dicen los curadores de arte al hablar de un Botticelli―, todo un clásico, y lo peor de todo era que Miguel Borrero se lo creía y se lo hacía creer a las mujeres.
Como tantas veces en las que a mí me había tocado jugar el ingrato papel de cómplice incondicional de Miguel Borrero, yo sabía que esta noche, como las anteriores, iba a ser igual a todas; y bebiendo un trago del Blanco, esperé desde mi rincón a que comenzara el show que siempre hacía mi amigo, cada vez que lo deslumbraba una nueva pareja.
―¿Ves aquella mulata que acaba de aparecer en la puerta?
―Claro ―Contesté―. ¡Cómo no la voy a ver!
Chocó su vaso de aguardiente contra el mío, y añadió:
―Esa mulata, aunque no lo creas, esta noche va a ser mía.
Miré a la mulata a través del cristal que tenía en mis manos, y por un instante dudé que ella pudiera tener algo con Miguel Borrero. Era tan alta y esbelta, que no imaginé cómo iba a hacer mi amigo para convencerla. Pero en esta vida, como cada quien inventa sus armas para lograr lo que quiere recordé, que después de todo, Miguel Borrero era un buen muchacho y, aparte de su profesión de free-lance que siempre la ponía en alto como un gastado estandarte era, ante todo, un estupendo bailarín. 
"Ojalá no te vayas a estrellar con esa mulata", pensé mientras me servía otro vaso de Blanco en las rocas, y Miguelito, como impulsado por ese oscuro y nefasto pensamiento, se lanzó con todo hacia donde ella estaba.
―¿Bailamos? ―Le preguntó con ese tono melodioso y susurrante que siempre usaba cada vez que estaba frente a una mujer, y la negra, que ahora resplandecía con más furor en el centro de la pista, aceptó bailar. 
Miguel la tomó en los brazos y al escuchar las primeras notas anunciadas por el bajo, la cogió por la cintura y la fue envolviendo con esa magia hechizante que producían sus movimientos.
En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse.
En el Sonny se escuchó la voz de Tito Rodríguez, el inolvidable, y la mulata apagando sus ojos, se fue entregando en los brazos de Miguel.
Dicen que las parejas se unen en la desgracia. Yo los miré a través del cristal y, por un instante pensé que esas palabras, por el momento, no le cabían a Miguel. Estaban tan entregados, tan seguros de sí mismos, que nadie podía anunciarles lo peor. Por el contrario, al contemplarlos, podría decirse que hacían la pareja ideal, la pareja perfecta, y tomando la botella del Blanco en mis manos, esta vez me serví un trago doble y brindé por la suerte de mi amigo. 
"Salud, Miguel", dije pleno de alegría, y una voz que venía de lo más profundo de la noche, me contestó: "¡Salud!".
La noche cálida y chisporroteante avanzaba veloz y se iba esfumando tan rápido como el aguardiente que consumíamos. Ahora la voz de Tito se había apagado en medio de la noche. Entonces, fue cuando se produjo lo inevitable. La mulata, con sus gráciles y ondulados movimientos se despegó de Miguel, y dejándolo abandonado en el centro de la pista, se sentó a mi lado. 
―Hola, querido ―me dijo―, ¿me invitas a un trago?
Yo, que no podía vivir sin gasolina, esta vez serví dos dobles, y me quedé contemplando la figura solitaria de mi amigo que empezaba a tambalearse en la pista. 
La rubia se bebió el trago, y poniendo sus hermosas manos sobre mi pierna, me propuso que bailáramos.
―No ―Dije―. Yo no bailo. 
―Entonces, usted, ¿qué hace?
―Yo solo bebo. El que baila la está esperando en la pista.
Señalé con el pico de la botella a Miguel que estaba parado con los brazos en alto.
La mulata se sirvió otro trago, y pegándose a mi cuerpo como una lapa, me dijo: 
―No sea malo, hombre. Lo que sucede es que su amigo está borracho. Yo no bailo con borrachos.
La negra soltó una carcajada que quedó resonando en mis oídos.
Volví a mirar hacia la pista, y efectivamente, Miguelito parecía otra persona. Sus movimientos, antes armónicos, ahora eran torpes y desarticulados. Podría decirse que eran los movimientos de un borracho, pero en la expresión de su rostro había algo extraño, como si estuviera embrujado. 
Sentado muy cerca de la mujer, esta vez dije algo como para justificar el estado lamentable de mi amigo: 
―Lo que sucede es que cuando yo bebo a Miguel le hace daño. 
No había terminado de hablar, cuando la negra me arrastró hacia la pista. 
―Va a ver cómo bailamos de bien. ―Dijo―
En El Habanero sonó el bolero Falsaria de Manuel Corona.
Al verme aprisionado entre sus brazos, enseguida sentí un malestar delicioso en todo el cuerpo, que me iba dejando como un muñeco perdido, en medio de la pista.
Cuán falso fue tu amor
me has engañado;
el juramento aquel
era fingido.
Solo siento, mujer
haber creído
que eras el ángel
que yo había soñado.
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