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Un habitante del séptimo cielo. Efer Arocha

La palabra literaria un retozo de primavera

 

Por Efer Arocha

Revista Vericuetos. Paris


 

La novela Un habitante del séptimo cielo del escritor colombiano Fabio Martínez, que transcurre en París, tiene una estructura sostenida por un eje temporal a través de las estaciones del año. En Europa el tiempo tiene tanta objetividad, es tan real que es asible no sólo con las manos sino también con la piel, los ojos, el pelo, los huesos, y lo que es más interesante, la conciencia transformada en pulpo lo atrapa como ella quiere. El libro que nos ocupa tiene una lectura desde distintas perspectivas en lo concerniente a la libertad que no comento para dejarle ese placer al lector. En cambio retomo la atmósfera externa que se vive actualmente en Francia. Hay una pasión en torno de lo jurídico, las disquisiciones se centran en cuál es la diferencia de libertad bajo palabra, libertad condicional y libertad bajo caución y sus consecuencias, que es la que acaba de obtener nuestro ciudadano en apuros en una cárcel neoyorquina de la peor laya. Se presenta mayor encono en el tratamiento que el código francés tiene para el detenido, donde no es permitido que el sindicado sea exhibido en público esposado o en condición degradante; asunto que en el derecho anglosajón no presenta ningún interés. Sin embargo, la polémica no se detiene ahí; sino que se ahonda. Los estadounidenses acusan a los franceses de hipócritas porque no hacen público sus deslices de catres. La realidad es muy distinta, en Francia la vida personal e íntima de los ciudadanos es un asunto meramente personal y bien banal que se respeta rigurosamente y por ello nadie habla públicamente de esto. Son esas concepciones que perfilan la entidad de Europa y por ende del pueblo francés. Todos los placeres y dolores de la humanidad han sido tratados de una u otra manera por la poesía o la narrativa. Recuerdo ahora, si no estoy equivocado, un libro poético de Octavio Paz, que tiene como título Libertad bajo Palabra, en él hay algunos poemas dedicados a los campesinos, entre los cuales están los que trabajan el enequene. El enequene es la Furcraea andina conocida en Colombia, entre los campesinos santandereanos de la zona de Aratoca, Cepitá y San Andrés como fique, planta de la cual se extrae un fibra para hacer empaques, y que me deleita nombrarla en lenguaje popular: “para hacer costales, alpargatas o cotizas y mochilas”. Cuando termina su crecimiento brota una inmensa vara que los campesinos aludidos llaman “maguey”, de flores en principio blancas que terminan en un morado de orquídea catleya. Discutiendo con Claude Fell sobre el poema de Paz, le decía que había un error cromático en un verso del poema, y él me sostenía lo contrario. Como no conozco el fique mexicano le di la razón al decano de literatura de La Sorbonne hoy jubilado. Un día cualquiera, en la Casa de los Escritores situada en la rue Verneuil; vi en el patio a Octavio Paz que tomaba café, siendo el único cliente del establecimiento; me acerqué, lo saludé, él me correspondió muy afablemente y me invitó a tomar un café; ocasión que yo aproveché para enrrumbar la conversación con el propósito de aclarar mis dudas sobre el poema. El maestro no sólo no se acordaba del poema de mi interés, sino de ninguno de los de su libro, lo despedí con un abrazo y me dije “los poetas cuando llegan a viejos se olvidan hasta sus propios versos”. Pienso que fue su última vez que vino a París.

Retomando el hilo, ya era de madrugada, y los rezagados, entre los que me encontraba, poniéndole la mano en el hombro a un estudiante de matemáticas y física le comenté: “que la lectura era apenas un granito de arena en la playa, pero que sin arenas no podía existir la playa de mar en la literatura colombiana”. El acto también fue un pretexto para crear la ocasión del encuentro entre amigos, conocer nuevos amantes de la lectura, establecer posibilidades de contactos en una urbe donde todos estamos solos.

La edición bilingüe, francés-español, la dedicamos en coedición con la Universidad del Valle que tiene su sede principal en Cali, Colombia, a la novela Un habitante del séptimo cielo, del escritor colombiano Fabio Martínez, quien hala en la carreta de sus creaciones varios textos de ficción, como también ensayos de carácter histórico, donde se incluye una biografía de Jorge Isaac, autor de María, primera novela romántica de América Latina.

La crítica literaria ha empezado a manifestarse en torno de este libro, en cuyos rasgos se percibe una atmósfera de lo transgeográfico; igualmente el trasterramiento hace asomos mediante el sueño de la añoranza valiéndose de los respiros que empiezan a aparecer cuando pasando los años se piensa en la lejana tierra de los juegos infantiles y de esa juventud que le corre la cortina a la vida para poder mirar mundos desconocidos. Son los primeros elementos que el lector latinoamericano, viviendo en París, encuentra en la condensada página. Sobre este texto el poeta Juan Manuel Roca ha dicho: “Fabio Martínez mezcla en su marmita belleza y sordidez. Los cuatro ciclos del libro: verano, otoño, infierno (donde los personajes pasan una rimbaldiana temporada) y primavera, forman un fresco de esa ciudad tantas veces mitificada”. Fernando Cruz Kronfly anota: “Se trata de una novela estupenda, muy bien escrita, sobre un tema siempre vigente relativo a los desencuentros culturales y de la vida cotidiana entre Latinoamérica y Europa”. Carlos Patiño Millán sostiene: “Un habitante del Séptimo Cielo se leerá como el otro lado de Rayuela, como un testimonio valiente de quien reivindica la nada, el desgaste, el embale, la rumba y la baba como actitud vital”.

En la ficción del Séptimo Cielo los valores estéticos, que son las categorías que niegan o afirman la perdurabilidad de la creación literaria, empiezan a bosquejarse en el ardor de la vida parisina en tanto que placer y sufrimiento; por ello, puede ser el libro en cierto sentido de cada uno de los que nos encontramos aquí, sin embargo, lo mejor es beber en el agua de la fuente. 

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