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La búsqueda del paraíso. Aura Lucía Mera

            El paraíso siempre está en otra parte...

Por Aura Lucía Mera

El País, Cali


 

Qué delicia leerse la biografía de Fabio Martínez sobre Jorge Isaacs. Logra desencasillar al personaje del rótulo de 'escritor romántico' y sensiblero, llanto obligado de toda adolescente colombiana en las épocas en que las jóvenes leían, porque ya vimos que las candidatas de Cartagena, fuera de mostrar siliconas rotundas y sonrisas tiesas no tenían ni idea de cuáles libros había escrito García Márquez ni quién diablos había sido Rafael Núñez. Bueno. Sigo con mi tema. Adolescente que no hubiera llorado con 'aria' a moco tendido, ese amor trágico y puro, de trenzas cortadas y caballo galopando por la pampa solitaria cuyo vasto horizonte ennegrecía la noche, no era digna de 'merecer'.

Apenas ahora que estoy entrando con paso firme y sin posibilidad de reversa a la etapa de 'adulto mayor' me atrevo a confesar que nunca lloré ni me identifiqué con la novela, la docena de pañuelos que le había robado a mi papá del clóset y alistado para cuando inicié el libro se quedaron intactos e inmaculados hasta el final. La fuerza de la novela la sentí en la descripción de los viajes y los paisajes. Y hasta allí me llegó el interés por Jorge Isaacs, a quien yo también rotulé de romanticón y sensiblero.

Por eso qué delicia la biografía de Fabio. Nos cuenta la historia real de Isaacs, empezando por la de su padre el judío sefardí jamaiquino mister George Henry Isaacs, desde que zarpó en El Alcatraz rumbo a Colombia, tierra de la cual había escuchado en la escuela desde niño que era el paraíso, y posteriormente motivado a ultranza por el Libertador Bolívar, en ese entonces refugiado en la isla caribeña, que en ese país, bañado por dos océanos y enclavado entre valles, montañas y selvas estaba el Edén, su llegada a Colombia, su matrimonio con Manuela Ferrer, la compra de la hacienda que hasta hoy en día lleva el nombre de Manuelita, la adquisición de la Casa de la Sierra y la historia real de ese personaje fuerte, creativo, luchador: su hijo Jorge Isaacs.

Jorge el político federal y democrático. El pionero y defensor de la educación pública. El descubridor de las minas del Cerrejón en La Guajira. El periodista polémico de opinión. El estudioso de la etnolingüística. El revolucionario radical de Antioquia. Hombre íntegro que se batió por sus ideales, que sufrió como nadie los desengaños de la política mezquina, que jamás hizo transacciones ambiguas ni participó en componendas, siendo víctima de calumnias, envidias y maledicencias. El que antes de morir, asqueado de su tierra, desalojado de su paraíso, prohibió que sus restos fueran depositados en este Valle de lágrimas y egoísmos. Antioquia, hasta el sol de hoy guarda sus cenizas.

Confieso que me acabo de enamorar de Jorge Isaacs. Su historia sigue vigente. El Valle continúa fértil en su tierra y mezquino en sus pobladores. Los odios y rencores de antaño siguen siendo los de hoy. Las componendas y trampas políticas ídem. Se puede decir, como afirma Fabio Martínez, que Jorge Isaacs fue «muerto en vida por la sociedad pacata e intolerante de su época», pero que «la vida de ciertos hombres se prolonga más allá de su muerte y así permiten indagar en el pasado para encontrar las claves del futuro...».

Gracias Fabio por resucitar a Jorge Isaacs. Por quitarle la mortaja con que lo envolvió María y mostrarnos en toda su dimensión a este hombre fuerte, lorquiano como «los que doman caballos y dominan los ríos. Aquellos de voz dura que al andar les cruje el esqueleto». Gracias por devolvernos parte de nuestra historia. La historia de este Valle en el que la inmensa mayoría de sus moradores son inferiores a su paisaje. Como le advirtió mister Rutter el viejo comerciante inglés a George Henry Isaacs: «Recuerde amigo que el paraíso siempre está en otra parte...» 

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