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Entrevista a Fabio Martínez

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Por Darío Henao Restrepo


Especial para Gaceta, 2003

 Con una fuerte carga de humor e ironía el escritor caleño acaba de publicar su novela Pablo Baal y los hombres invisibles. Una historia que surge en San Antonio, su barrio natal.

 

Al leer la última novela de Fabio Martínez que acaba de publicar Univalle, Pedro Baal y los hombres invisibles, sorprende su capacidad para esquivar las dos tendencias fuertes y opuestas en la literatura de estos tiempos, llamados postmodernos: el hipermimetismo que reduce el texto a la categoría de reportaje bruto, y la hipermediación por la cual el escritor se complace en hacer citaciones y referencias culturales sofisticadas, en vez de profundizar las dimensiones de la experiencia y de la expresividad que, a pesar de todo, continúan caracterizando la mejor ficción y la mejor poesía.

Contra la corriente de estos extremos, Fabio Martínez apuesta a la mediación de lo fantástico para hablar de forma poética sobre la realidad de la Cali de los últimos 40 años. Y lo hace rompiendo con la solemnidad y echando mano de una mirada lúdica que le permite mostrar la comedia humana de las muchas Cali que ha vivido desde su infancia.

Para llegar a la madurez narrativa que exhibe Pablo Baal y los hombres invisibles, el autor ha trasegado con mucho tesón por un camino que empezó con su novela juvenil, Un habitante del séptimo cielo, pasando por las colecciones de cuentos Fantasio y Breve tratado del amor inconcluso y su novela Club social Monterrey.

En todos estos libros de ficción, así como en los de ensayos —El viajero y la memoria y El paraíso de Jorge Isaacs— Martínez fue refinando su meditación simbólica sobre una geografía urbana y sus imaginarios.

A esto sin duda contribuye su paso por el teatro como actor, su formación musical como ejecutante del clarinete, además, de su rigurosa formación académica en Letras en Cali, París y Montreal. Todas estas experiencias explican el universo narrativo del autor y las inquietudes intelectuales y culturales que la inspiran.

Las raíces locales y las experiencias urbanas son la materia vertiente de una importante obra narrativa que con mirada universal nos entrega el escritor Fabio Martínez. Sobre estos tópicos habló en exclusivo para GACETA.

—Con Pablo Baal y los hombres invisibles su obra completa un ciclo de historias de ficción sobre Cali. ¿Cuáles fueron sus antecedentes?

En la novela Un habitante del séptimo cielo, que narra la historia del viaje a París de dos adolescentes caleños ya existe una sensibilidad y un lenguaje propio de nuestra ciudad. En el libro de cuentos Fantasio indagué en la música. Estos cuentos están inspirados por la atmósfera rumbera y musical caleña en los últimos 50 años. Pero quizás en donde logró tocar el corazón de la ciudad es en Pablo Baal y los hombres invisibles.

—Cuáles fueron sus referentes literarios en su novela Un habitante del séptimo cielo?

—El viaje fue el primer referente que funcionó como motor para escribir esta novela, inspirada en mi viaje a Paris. Luego influyeron las lecturas sobre esta hermosa ciudad: Papá Goriot, de Balzac; Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke; Nadja de Breton; París era una fiesta de Hemingway; La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique, y, por supuesto, Rayuela de Cortázar, la mayor catedral literaria que se haya escrito sobre París. Para mí la literatura en buena parte es la decantación simbólica de las buenas lecturas.

—En su libro de cuentos Fantasio se observa la relación música popular y literatura ¿Por qué ese interés?

—Mi interés por la música popular y en general por la cultura popular viene de la infancia. De los festivales que cada mes de junio realizaban las monjas clarisas en la colina de San Antonio y a los que asistía religiosamente con mi madre y con mis siete tías. Viene de aquellos iconos paganos que en la fiesta religiosa se confundían con San Antonio y la virgen María: la vaca loca, el garabato y el diablo.

—¿Qué obras y autores incidieron en la escritura de su libro de cuentos Fantasio?

—En mi juventud una de las novelas urbanas más alegres que influyó en mi formación literaria fue Tres tristes tigres de Cabrera Infante. Con ella pensé en la posibilidad de hacer literatura urbana. Pero también están los referentes literarios que empezaban a despuntar en la ciudad con una literatura decididamente urbana. Me refiero a Son de máquina de Oscar Collazos, Bomba Camará de Umberto Valverde y Que viva la música de Andrés Caicedo. Los tres libros establecían por primera vez en la literatura del país la relación entre música y literatura.

—Su novela Club Social Monterrey, que se lanzará en marzo en la Feria del Libro del Pacífico, sucede en Buenaventura. ¿Cuál es la experiencia vital que la inspira?

—Mi interés por Buenaventura y por el Pacífico colombiano viene de mi madre que cuando era niño me llevó a conocer el mar y a comer chancacas y pasarlas con agua de coco. Luego, cuando tuve uso de razón, solía ir a rumbear al Club Social Monterrey uno de los más grandes cabarets del mundo y después, enguayabado, cogía una lancha “colimocha” y me embarcaba rumbo a Guapi, Mulatos y Gorgona.

—¿Cómo explica la recurrencia de nombres de clubes nocturnos para sus novelas?

—Es por influencia de doña Elvia, mi madre, y de mis siete tías. Ellas desde muy jóvenes eran aficionadas al baile y yo desde niño escuché aquellos nombres sonoros que se fueron quedando en mi memoria: El Maryland, el Fantasio, el Séptimo Cielo, el Metropol y el Honka Monka.

—¿Por qué escogió a Jorge Isaacs para su ensayo El paraíso?

—Como no comprendía la sangría que estamos viviendo en la actualidad, me remití a estudiar la historia de Colombia de la segunda mitad del Siglo XIX. Y para ello escogí a uno de los personajes más importantes que ha dado el Valle del Cauca y el país: don Jorge Isaacs. Mi trabajo consistió en hacer un rastreo interpretativo por las huellas que dejó este personaje y comprender por qué razón perdimos el paraíso. El resultado fue la escritura de una biografía novelada sobre su vida y obra.

—Usted ganó el “Premio latinoamericano de ensayo” con su libro El viajero y la memoria. ¿Qué relación establece entre sus ensayos y su obra de ficción?

—Para mí el ensayo es el espacio de reflexión de la literatura. La novela es el espacio de la simbolización. Por eso me considero un escritor bígamo literariamente y monógamo en mi vida matrimonial. El viajero y la memoria surgió de la necesidad de comprender la cultura colombiana a través de la literatura de viaje.

—¿Por qué adoptó en Pablo Baal y los hombres invisibles la mediación fantástica para novelar la Cali de las tres últimas décadas?

—El universo fantástico es mucho más rico que el realismo que pretende convertirse en espejo del mundo. Lo fantástico incita y excita la imaginación; es más sutil, más sugerente y más simbólico que lo real. En nuestro país, infortunadamente, no tenemos una tradición en literatura fantástica. Quizás porque nuestra realidad siempre ha sido demasiado abrupta y patética y los escritores no se arriesgan a romper con el canon. Por eso en Pablo Baal la mirada frente a Cali es fantástica; porque a partir de allí podemos abrir un calidoscopio mucho más rico y sugerente.

—Tras la trama del secuestro de Pedro Baal, su novela se ocupa de varias etapas de la vida de Cali. ¿Cómo las caracteriza?

—Pedro y Pablo Baal nacen en la colina de San Antonio, justo después de la explosión del 7 de agosto, y su educación sentimental la viven en la Cali de los años 60s con el Hotel Alférez Real, el café Gambrinus, el batallón Pichincha y el Correo que quedaba en los bajos del puente Ortiz. Luego atraviesan la ciudad ilustrada con Ciudad Solar, el TEC y el bestiario literario que era conformado por las Librerías Nacional, Letras, Signos, La Tortuga y El Zancudo. Después, cuando Pedro Baal decide trabajar con los hombres invisibles y es secuestrado por éstos viene la ciudad del miedo que va de 1980 hasta nuestros días. En la novela Cali es una ciudad que cada década la construyen y la destruyen los asesinos de la ciudad.

—Lo político es muy fuerte en su novela. ¿Se trata de un ajuste de cuentas simbólico con la historia reciente del país?

—No. Es más bien una manera de narrar una época y una generación y mirarla en su esplendor y decadencia. Yo siempre he dicho que nuestra generación no es una `generación perdida' como afirman ciertos clones románticos de la ciudad, sino que es una generación podrida.

—Hay ironía y humor en los nombres de sus personajes ¿existe una estrategia simbólica en todo esto para desacralizar los mitos de la ciudad?

—Sí. Cuando los personajes cometen actos oscuros y ominosos para la humanidad, utilizo nombres simbólicos. Cuando cometen actos para el bien de la humanidad, utilizo nombres propios. Los nombres de mis amigos. Siempre me ha animado un espíritu optimista del mundo. Pienso que a excepción del Tuerto López, León de Greiff.

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