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El tumbao de Beethoven-Eduardo Delgado

El Tumbao de Beethoven

 

Por Eduardo Delgado

 

La música, la pintura o la literatura, marcan, en cada periodo de su existencia, una etapa fundamental del lugar donde nacieron; desentrañan, de alguna manera, el alma de una sociedad, con su entorno y su espacio eocénico donde la ropa, la comida, la música, la arquitectura y su mundus operandi identifican la existencia de una sociedad en su acierto o derrota. Eugenia Grandet, De Balzac, nos muestra el surgimiento de una burguesía capitalista y, la ruptura con la vieja sociedad feudal. El viejo Grandet, se nos presenta como el prototipo del avaro, el miserable personaje que fluye en las corrientes de una sociedad. En La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, el vil personaje, el general Trujillo, dictador de Santo Domingo; no solo nos muestra la época de oprobio de un tirano, también su contexto social y humano en todas sus facetas de la vida y la muerte.

Por ello, hay que aplaudir la novela El tumbao de Beethoven, de Fabio Martínez, que logra hacer un fresco del Cali, de los años 70, con un colorido, donde las pinceladas marcan una etapa brillante de la ciudad. Sin lugar a dudas, la década de los setenta, que toma como referencia la obra, es la época donde la ciudad de Cali, brilla con una luz propia, como una ciudad del Pacifico: el gris de su cielos atenuada por un azul fluido entre sombras, propio de una época romántica. La ciudad de Cali, emerge como una quinceañera, bella y lucida, donde la música vibra en un ambiente, diáfana y tranquila. Uno puede percibir, en los cuadros que pinta el autor, una época que fue y se fue. Un paraíso tropical, lleno de juego y cariño. Aquél caleño que habitaba los barrios de San Antonio, el Obrero, Belalcázar, San Fernando, etc., son personajes que adquieren vida, y su forma de actuar, reír y hablar, nos remite, de manera nostálgica, a la Cali vivible, y que la obra rescata, con un pudor exultante.

Lo personajes que se mueven en ese gran escenario de las discotecas, en las calles o en la convivencia, nos van a mostrar, además de sus diferencias de clase, una particularidad que identifica al caleño, además de la música, su idiosincrasia y su generosidad. Como no recordar, las grandes orquestas que venían de Nueva York o Puerto Rico, y que hicieron de Cali, una ciudad de alegría tropical. La Cali, de los años setenta, era una Cali cristalina como los rio que bañaron los cuerpos de la infancia, en medio de comidas y juegos lúdicos. En esta catarsis literaria, la obra de Fabio Martínez, logra rescatar y plasmar con finas pinceladas una remembranza, para quienes vivieron una época, y para quienes puedan soñar, como en las Mil y una noches, unos pasajes donde el humor y la vida le hacen un guiño al lector, al disfrute de leer, un recuerdo inolvidable de una Cali, que bien se merecía le hicieran un homenaje literario, que remonta etapas, que a diferencia de los años ochenta, marcaron el oscuro desarrollo volátil, de una sociedad emergente, que trajo como consecuencia la sangre y el oprobio.

Basta abrir la primera página de El tumbao de Beethoven, para que gocemos, con ese humor que identifica al autor, una época donde la música vibraba en el aire en un acople, que hacen de la vida, algo fantástico y, el espectador de ese cuadro, que no solo admira una época, también participa en el acto creativo al desentrañar, junto con el autor, un mundo, que bajo la palabra, el lenguaje, entra en la interioridad de nuestras raíces étnicas, llevándonos por los vericuetos del amor, amor adolecente que rompe con cualquier estigma social y de raza.

Con una escritura sencilla y ágil, donde la madures del escritor, deja fluir la palabra, el texto adquiere esa musicalidad rítmica, que en muchos casos, no hace necesario que el autor, anote las letras musicales de temas que hicieron bailar al pueblo caleño y, desde su entrada, el texto lo atrapa, como una bella melodía, de una época, hecha realidad. 

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