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El tumbao de Beethoven-Ángela Inés Robledo

Violeta, como Cali, por siempre en la memoria

 

Por Ángela Inés Robledo

 

Como si haberlo vivido y recordarlo a menudo no fuera suficiente, Fabio Martínez se pone la máscara de Humberto Otero para evocar historias, que cuenta a retazos,  de “la generación perdida” caleña, en su El tumbao de Beethoven publicada por Común Presencia Editores. ¿Perdida dice el autor? ¿Perdida porque por entonces Cali vivió la “caída fatal e inexorable al fondo oscuro de la noche”, la noche de los traquetos? O ¿porque el desencanto pudo más que el amor y la locura? Sólo le quedó la música. Sólo triunfó Beethoven Carabalí Reyna.

Cómo pasar por alto que el amor y la complicidad iban de la mano, piensa Humberto mientras observa la ciudad desde la Colina de San Antonio, extraviado en la nostalgia. ¿Cómo olvidar una época que me marcó, nos marcó para siempre? ¿Cómo borrar la alegría contagiosa de Beethoven Carabalí Reyna, la tenacidad de Vicky Sanclemente? ¿Cómo soslayar la muerte de Jalisco? ¿Cómo echar al tarro de la basura la locura de Adolfo Vallecilla?

Cali de los setentas, de universitarios trotskos, mamertos y maoístas que no han terminado de saldar sus deudas con la utopía. De la salsa dura y las orquestas de Gustavo Quintero; de Nelson y sus estrellas; de Richie Ray y Bobby Cruz con su boogaloo; de la Fania con Celia y Willie Colón. Piper Pimienta y “Las caleñas son como las flores”. Rumbas de Amparo Arrebato y Bethoven con su swing de bailadores natos. El Cine Club del San Fernando, lugar para encontrarse. La Tertulia y sus artistas. Y sus calles junto al río que caminamos hablando hasta el amanecer.

Se cruzaron muchos amores.  Era frágil el límite entre la amistad y el erotismo: la épica de la revolución acercaba al deseo. Beethoven Reyna Carabalí, negro de Aguablanca enamoró a la rubia Vicky, hija del prestante doctor Sanclemente, antes novia de Adolfo Vallecilla. Jalisco, mujeriego y militante del Partido Comunista, asesinado en 1971, compañero de Bertha, amante de Violeta. Alguna vez salió con Bertha, de botas pastusas. Diez años después Humberto rememora estas y otras aventuras.  No consigue deshacerse de la imagen de Violeta, al centro de sus fantasías. ¿Cómo no quererla más, cómo dejar de esperarla?

Cali dejó de tener sentido cuando Violeta, huidiza y embarcada en mil romances, lo abandonó porque bailaba con una mujer en Los Compadres. Quizás Humberto dejó a Violeta por una chica de los narcos; o a Violeta la desaparecieron los hombres invisibles, se fugó con su psicoanalista argentino o se fue a vivir a París. Porque este retrato de época trazado por Martínez es, antes que nada, una historia de amor. De amor que a veces es tragedia y muchas veces carcajada; amor doble o múltiple: a la ciudad, a los amigos, a las amigas, a partir de los cuales creó sus personajes. Y, claro, a Violeta fija en la memoria de Humberto, trepada en el árbol de mango de la infancia arrojándole uno, biche, a la cabeza. Violeta incomprensible y fascinante. Marcándolo a fuego para siempre. “Desde aquel instante Humberto aprendería que Violeta González era una niña salvaje que le gustaba ir a todas partes sin calzones”.

Pasión por Violeta que al faltarle ató a Humberto a una silla de ruedas. Paralizado, como el país de la droga y la desidia. ¿Cómo escamotear, se dice, mi tragedia personal, que hace parte de la tragedia nacional, y que me postró a estar de por vida en una silla de ruedas? Muchas cosas dicen las malas lenguas sobre su invalidez. Pero lo cierto es que empezó a tullirse cuando perdió a Violeta.

Humberto deja de divagar. Una mujer sube por la colina de San Antonio.  Mediana edad, pelo negro, ojos carnosos. Su falda, levantada por el viento, deja ver su sexo. El añorado sexo de Humberto. Es Violeta que regresa.

Hacía falta la escritura desde la memoria de Fabio Martínez. Pero son necesarios otros relatos…

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