Fabio Martínez‎ > ‎CRÍTICA‎ > ‎Sobre el autor‎ > ‎

El tumbao de Beethoven-Álvaro Suescun

El Tumbao de Beethoven

 

Por Álvaro Suescún

 

En su ya profusa obra literaria, Fabio Martínez maneja conceptos muy arraigados en la sociología urbana del occidente colombiano. Son el acontecer de unos personajes que lucen un rol específico, en el desprendimiento de los hábitos de una soñolienta ruralidad a la que se vieron obligados, vivieron y respiraron en el tránsito a la incipiente modernidad de la vida citadina. “El Tumbao de Beethoven”, su nueva novela, es algo más de esos valores pero en un formato más estructurado, con mayores libertades, y con un gran poder de concisión.

El cataclismo empezó mucho antes de esos años 70s, al final del siglo XX, pero para nosotros, los que conservamos la cicatriz de esas memorias, tiene su punto culminante en la llegada del hombre a la luna, por el significado que tuvo para nuestros sueños esa materialización de todas las teorías de lo posible. De ahí hacia adelante (o hacia atrás, en el fatigante y estéril torbellino que es la vida) la guerra del Vietnam, la fecha inmortal de mayo del 68 cuando los estudiantes se tomaron a Paris, el encanto personal de John Lennon con su timón al mando de la embarcación musical del rock, Kennedy y los Cuerpos de Paz, el Ché y sus míticos cuerpos de guerra, el advenimiento de la minifalda, el cuerpo de Marilyn que sirvió tanto a los empecinados en la paz como a los de la guerra, aquel nuevo concepto bailable ideado por Elvis Presley en la lenta transformación de los blues del Mississipi, para decirnos que es del agua de donde provenimos y fue, montados en los surcos de las olas, por donde llegamos.

El novelista acude a la descripción de lo que pudiera ser una aproximación a las memorias de la agitación urbana de la juventud caleña. Construye una idea, en imágenes literarias, de lo que era la vida a través del baile y de la música de aquellas experimentaciones formales de quiénes eran, y la manera como llegaron a ser, los vallunos de Cali (el valle del mundo) en aquellos años. Su primera gran aproximación se da en el círculo familiar donde todavía están vigentes las costumbres de sus inmediatos ascendientes. Es la esquina, el espacio abierto en los parques miradores, se desenvuelven los espacios que propician el enriquecimiento en la cultura y el deporte, las conversaciones sobre arte y libros, el futbol en los desafíos de barras, los promotores de los encuentros en los cines, las librerías, los museos y, de contera, la rumba en los bares y las discotecas donde se da a plenitud el desafuero, sexo y sentimiento, aguardiente y marihuana, que derivan de una juventud que comenzaba a ser un conglomerado provocado por las rupturas.

En el aire denso del tiempo detenido, con una manera muy personal para interpretar los ideales que regían la conducta y determinaban el trasegar por la vida de ese pequeño grupo de cómplices, Fabio Martínez salta normas y valores, acumulando hechos y evidencias en un gran pretexto para tratar las confluencias de la cultura antillana. Sobre esas cumbres de cenizas de Buenaventura llegó desde las Antillas la cocina musical en su versión de salsa, en formatos orquestales de gran calado aprisionados en elepés. De la misma manera que el episodio aquel del galeón encontrado en un suelo de piedras, encalló en Cali a más de cien kilómetros de tierra firme con su gran cargamento de bombas y plenas, de guaguancós, del jala jala y de los bogaloos, al alcance de todos. Así nos lo cuenta Fabio Martínez en “El Tumbao de Beethoven”.

Es, en estas páginas, donde Beethoven Carabalí crece en su sombra bajo el reflector de la salsa. El protagonista es un negro que reafirma con orgullo su condición de raza en la intensa aventura de la vida, de la música y el baile que se respiró en Cali, en sus ambientes citadinos de goce. Es Cali en los años más intensos, visto desde los ojos de tres parejas que representan los diversos estratos sociales, San Fernando y sus familias de élite, San Antonio en la tradición que perdura desde el intermedio, y el distrito de Aguablanca uno de los asientos más pobres de la ciudad.

En la línea de Qué viva la música, de Andrés Caycedo, o de “Para qué recordar” de Roberto Montes Mathew, estas novelas de época son un homenaje al encuentro de las tradiciones musicales marcadas por la aleación sonora del gran Caribe con sus múltiples variantes. En nuestro país están claramente diferenciadas en Cali, es una rigurosa síntesis el mismo gusto musical del litoral Caribe, por ejemplo, pero con expresiones diferentes en su bailar pero que fueron -y son- el pretexto más a mano, para descubrirnos en los primeros escarceos del amor, y del sexo, en la equilibrada sazón que permite la pimienta de la fiesta.

Desde esta novela se alcanza a ver el cielo de San Antonio y sobre él, las luces como estrellas, nos informan de aquellas postales de la nostalgia alegre, que nunca serán alimento para el olvido. El ruido incesante del viejo trapiche sigue siendo el sustento de esos recuerdos que nos acercan al corazón activo de esos años 70s. Apenas sí podemos evitar que los ojos se nos agüen.

 

Comments