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La visión cósmica en Juan Rulfo

            La visión cósmica en Juan Rulfo

Por Fabio Martínez


 

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En 1955 Juan Rulfo publicó por primera vez la novela Pedro Páramo. Después de esta publicación, el escritor mexicano entró en un silencio literario sólo comparable al silencio de nuestros antepasados. Rulfo, quien sufría de insomnio, y quizás por esto, tenía la sabia costumbre de dormirse en los congresos literarios, no necesitó escribir más. Su obra[1] corta pero fecunda representa  la memoria ancestral de nuestros pueblos, el paisaje histórico y cultural americano destruido por el invasor[2].

La novela comienza con el viaje de Juan Preciado a Comala, en busca de su padre.  El personaje es guiado por el arriero Abundio Martínez quien le sirve de cicerone; apenas Juan Preciado pernocta en el pueblo, se da cuenta que ha entrado en un pueblo fantasmal, colmado de muertos.  La obra de Rulfo propone un aspecto fundamental que ha atravesado la cultura literaria de Occidente: De una parte, establece la relación padre-hijo y la búsqueda del padre, que han sido tratados desde Virgilio; de otra parte, nos  plantea la visón cósmica y circular propia de la cultura indoamericana,  donde la vida se mezcla con la muerte, y los tiempos pasado, presente y futuro, se conjugan en una dimensión rica y compleja.

Si en La Eneida de Virgilio, Eneas, después de perder la guerra en Troya, viaja al infierno en busca de su padre Anquises para recibir sus consejos, en Pedro Páramo Juan Preciado viaja a Comala, que simboliza el infierno americano, y en su búsqueda tenaz por la figura de su padre, se encuentra con un mundo fantasmagórico donde los muertos hablan, viven y sueñan, y los vivos están muertos en vida. Es el mundo cruel que se gestó a partir del espectáculo salvaje inaugurado por la conquista española; es la tragedia americana, de la que habla Eduardo Subirats, que significó el sometimiento y despojo de la cultura aborigen; es el triunfo del colonialismo occidental sobre las culturas indígenas americanas.

Antes del siglo XVI el continente americano estaba habitado por tres grandes culturas, a saber: la cultura Azteca, la cultura Maya y la cultura Inca. Estas culturas alcanzaron un nivel de desarrollo importante en la agricultura, la ingeniería, la arquitectura, la orfebrería, la organización social y política, y un desarrollo espiritual, que se basaba en una concepción heliotrópica, donde el sol  era el dios supremo del universo.

La conquista española a los pueblos de ultramar estaba sustentada en una estrategia política y comercial expansionista que permitía consolidar la unidad nacional del imperio ibérico que se había forjado gracias a una política xenofóbica de persecución y expulsión de los pueblos árabes y judíos que vivían en territorio hispánico; al dominio hegemónico del cristianismo sobre otras religiones y creencias; y a la hegemonía de la lengua castellana en detrimento de otras lenguas y dialectos. Por supuesto, en América, esta estrategia no iba a dejar piedra sobre piedra, no iba a respetar culturas ajenas, ni mucho menos iría a establecer un diálogo intercultural horizontal donde ambas culturas salieran enriquecidas.

El investigador estadounidense H. F. Dobyns[1] afirma que desde la llegada de Colón en 1492 hasta el año de 1622, en un periodo de 130 años, la población en América que él calculaba en cerca de 100 millones de habitantes, disminuyó un 95 por ciento. Este fenómeno ha sido caracterizado por los historiadores como la catástrofe demográfica más grande de América. Las razones sociopolíticas de esta sangría colectiva, son tres: las enfermedades, la guerra, y las hambrunas que vienen después de la guerra. Los investigadores Cook y Borah4 concluyen que la población mexicana disminuyó de 25.2 millones de habitantes que tenía en el año de 1518 a 700.000 personas en el año de 1623. El historiador peruano Villanueva Sotomayo[2] sostiene que el reino del Tihuantinsuyo que se extendía desde la región de los Pastos en Colombia hasta las inmediaciones de Chile, y que tenía en 1532, 15 millones de habitantes, en 1620, o sea 80 años después, sólo alcanzó a tener 600.000 habitantes[3].

Este proceso de exterminio no sólo iría a diezmar a la población indígena sino que, así mismo, destruiría sus mitos, sus creencias, y sus referentes tutelares. Así, por ejemplo, del dios Sol que era venerado desde México hasta el Perú, se pasó a adorar la imagen del Dios Padre todopoderoso propia de la cultura cristiana; el poder que tenían los líderes indígenas como Cuauhtémoc y Atahualpa fue sustituido por los virreyes españoles que eran elegidos directamente desde la corona; los sabios, curacas y sanadores indígenas fueron suplantados por los curas y misioneros españoles que se encargaron de propagar la fe cristiana. Durante el proceso de conquista y colonización se estableció una suplantación simbólica de valores y culturas que dio origen en los pueblos americanos a la creación de una conciencia escindida del individuo, y por lo tanto, al complejo de culpa de los latinoamericanos, que aún ronda en nuestros espíritus.

La imagen del padre tutelar de los indígenas, que estaba determinada por los dioses de la naturaleza, fue enseguida transformada por la imagen ominosa del padre cruel y avasallador, del caudillo, del tirano, del terrateniente; imagen siniestra que viene del siglo XVI, que se remonta a la primera cruzada que hicieron los conquistadores españoles en América, y que justamente, está representada en la figura literaria de Pedro Páramo. Imagen atroz que se prolonga hasta nuestros días, a través de nuestros tiranillos tropicales que a diario se levantan como los salvadores del pueblo.

¿Juan Preciado es Edipo en Comala? Sí, con la diferencia de que el parricida no es él sino el cicerone de Abundio Martínez, quien es también hijo de Pedro Páramo y hermano medio de Preciado.  Porque, según la novela de Rulfo, todos los hombres que encuentra Preciado en Comala son hijos de Pedro Páramo. Y por extensión, podemos afirmar que todos los hijos de América somos hijos de Nadie; es decir, somos hijos del monstruo Polifemo; somos hijos de Pedro Páramo.  Quizás es por esto que los latinoamericanos siempre estamos en la búsqueda de una identidad perdida; en la búsqueda de la imagen del pater, de la patria, que quedó refundida desde el siglo XVI.

 

 La visión cósmica y los tiempos circulares

Las culturas indígenas americanas tenían una visión cósmica del mundo debido a su alto nivel de espiritualidad, su relación con los astros y su saber en el campo de la astronomía que no tenía nada que enviar a los adelantos científicos que se hicieron en Europa a partir de Copérnico. Prueba de esto, es la construcción de las pirámides del sol y de la luna en el valle de Teotihuacan, que se erigían desde la tierra hasta el cielo estableciendo una relación unitaria con el cosmos; el calendario azteca, que era revolucionario para la época  y fue el resultado de un saber astronómico adelantado; y el templo sagrado de Machu Pichu, que enclavado en el corazón de los Andes, es una verdadera obra arquitectónica y espiritual sin precedentes.

Esta visión cósmica y espiritual del mundo iría a entrar en contravía con el espíritu cristiano que trajeron los conquistadores y los misioneros españoles a América, y que finalmente fue el que triunfó en el continente. Sobre las ruinas de los templos indígenas se erigieron las iglesia católicas; templos de fervor religioso, que como las pirámides aztecas y mayas se levantan hasta el cielo; pero con la diferencia de que mientras el cielo de los indígenas es gobernado por el dios sol y la diosa luna, el cielo los católicos es gobernado por la figura ficcional de Dios.

Ahora bien. Si la relación que tenían los aborígenes con el espacio era de carácter cósmica y espiritual, la relación con el tiempo era circular. Esta visión del tiempo donde el pasado, el presente y el futuro se conjugan en un sólo haz lumínico y espectral, iba a entrar en contradicción con la visión del tiempo lineal y progresiva, propia de la cultura de Occidente.

Justamente, Pedro Páramo está construida con base en esta visión cósmica y circular. La novela comienza con el encuentro de Juan Preciado y su medio hermano Abundio Martínez quien le sirve de cicerone para entrar a Comala, y termina con el homicidio de Pedro Páramo cometido por el parricida de Abundio. La novela tiene una estructura circular  donde los tiempos pasado, presente y futuro se mezclan entre sí como una bella obra de orfebrería precolombina. 


La novela y la muerte

Todos los pueblos y culturas han tenido una relación con la muerte. La relación que tenían los pueblos aborígenes americanos hacía parte de los ritos sacrificales que se realizaban como una ofrenda de agradecimiento a los dioses. La cultura azteca se destaca particularmente en este aspecto. La consagración del palacio de Quetzalcoátl se hizo gracias al sacrificio más de cien personas entre niños y adultos. La sangre que allí se derramó llegó a confundirse con la piedra creando una curiosa amalgama entre sangre y piedra; entre vida humana y reino mineral, que perdura hasta nuestros días.

La otra presencia de la muerte entre los indios se presenciaba en las guerras interétnicas que se desarrollaban, generalmente, por razones de poder, de sometimiento de una etnia sobre otra, por orgullo o simple vanidad. Es particularmente generalizada la leyenda de los aztecas que cuenta que cuando éstos tomaban un rehén del campo enemigo, le sacaban el corazón con un cuchillo de obsidiana para ofrendarlo a los dioses tutelares. 

¿Fueron crueles las culturas aborígenes en relación con la muerte? De acuerdo a nuestra visión racionalista europea, podemos afirmar que sí, pero lo que nos interesa destacar aquí es que la relación con la muerte en América cambió profundamente cuando llegaron los conquistadores y misioneros al continente. A partir del siglo XVI la muerte se desacralizó y perdió el carácter ritual y religioso que tenía, convirtiéndose en una  práctica social animada por los intereses expansionistas del Imperio español. La muerte ya no era sagrada como lo fue en los primeros tiempos del cristianismo cuando Abraham quiso sacrificar a su hijo ante Dios y como lo ha sido en muchas culturas primigenias, sino que desde que Colón pisó tierra americana, estuvo determinada por la estrategia colonialista de tierra arrasada que impuso el imperio de los reyes Isabel y Fernando en el continente. 

 Los conquistadores españoles, quienes fueron los últimos caballeros de la Europa medievalista y los primeros en desembarcar en América, vinieron por la  tierra, por el oro y las indias; y lo hicieron a sangre y fuego en nombre de la espada y la cruz; dos símbolos que representan el haz y el envés de la violencia, el castigo, el sufrimiento y la muerte.  

Parafraseando a García Márquez, podemos decir que desde el siglo XVI, la muerte se convirtió en América en una costumbre cotidiana, que no ha parado hasta nuestros días.

En Pedro Páramo la muerte ronda de principio a fin; es la reina de la novela. Juan preciado viaja a Comala impulsado por su madre Doloritas, y se encuentra con un pueblo de muertos. Como en Virgilio y Dante, Juan Preciado realiza un viaje y llega a la boca del infierno. Por esta razón decíamos anteriormente que Comala representa el infierno americano; la diferencia entre los viajeros infernales Eneas y Dante es que ambos, a diferencia de Preciado, logran salir de infierno; Eneas, gracias al consejo sabio de su padre Anquises que le dice que se enamore y funde una nueva patria; Dante, gracias a Beatriz, quien lo conduce al reino de los cielos.

Juan Preciado, como todos los hijos de Comala; es decir, como todos los hijos de latinoamérica pernocta en el infierno y se queda en éste.

Comala representa el infierno que hemos vivido después de tantas guerras colonialistas y poscolonialistas; después de tantas invasiones reales y ahora virtuales. Comala es un ícono fatídico que se produce y se reproduce continuamente en nuestro devastado paisaje latinoamericano; y que como una voz que viene de nuestros antepasados, ha estado presente en la literatura latinoamericana: Comala es para los mexicanos lo que La vorágine de José Eustasio Rivera es para los colombianos.



[1]  El llano en llamas. Fondo de Cultura Económica, México, 1953. Pedro Páramo. FCE. México, 1955

[2] Al respecto, ver: El continente vacío. Eduardo Subirats. Universidad del Valle, Cali, 2011 y su artículo: “Pedro Páramo: zeitroman” (inédito).

[3] Dobyns, H. F. Their number become thinned: Native American population dynamics in Eastern North America. Knoxville (Tenn). U. of Tennessee Press, 1983

[4]  Cook, S. F. y W. W. Borah. The indian population of Central México. University of California Press, Berkeley, 1963 

[5] Villanueva Sotomayor, Julio. El Perú en los antiguos. Empresa periodística nacional SAC, Lima, 2001

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