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El ser espiritual en Los viajes de la música

publicado a la‎(s)‎ 9 jun. 2015 11:00 por M. Ángeles Vázquez   [ actualizado el 8 feb. 2016 14:55 por HECTOR FABIO MARTINEZ ]

El ser espiritual en Los viajes de la música de Fabio Martínez | Por Óscar Obando

La evolución de los valores en el imaginario colectivo puede parecer más un cambio de valores que una evolución; en el mundo actual los actos de esclavitud y la destrucción de otras culturas son culturalmente aborrecidos cuando hace solo dos siglos eran naturales. Cambio o evolución, lo cierto es que nosotros, como hijos de la transculturación, tenemos el deber de revindicar el lugar de nuestras raíces en nuestra concepción del mundo. Es ésta la razón de ser de Los viajes de la música (Editorial La Mirada Malva, 2015), libro con el cual Fabio Martínez nos recita una parte de nuestra propia alma, la que mueve las caderas al ritmo de los tambores y con cantos alegres espera el día de su libertad; como cantaba Joe Arroyo: “Un pedacito de la historia negra, de la historia nuestra”.

El libro toca tres tópicos centrales: el origen afro y europeo de nuestra cultura musical, el desarrollo que se dio en América a través de los siglos, y un estudio especial donde se relacionan estos ritmos con la poesía. A través de los tópicos se puede echar una mirada a la espiritualidad del pueblo oprimido, la cual se transmitía desde cierta ritualidad cotidiana por medio de la música, por tanto se cultivaron cantos para el trabajo, para los funerales, para los nacimientos y para las celebraciones. 

Posición ante la música

En el libro Fabio Martínez afirma que la música es aquella que viaja más rápido, porque va impulsada por el viento. Con esto, el autor intenta referirse a su capacidad de adaptación,  que nace en cualquier lugar y se queda en el alma de los individuos, cuando estos viajan a otras tierras.

En el nuevo lugar ocurre un milagro; como no está basado en un sistema de valores que simplemente se puedan expresar conceptualmente, este se encuentra con las músicas locales dando origen a algo nuevo. En las demás artes ocurre lo mismo, pero el proceso es lento; literatura, arquitectura, escultura, pintura y demás en sus estilos artísticos deben esperar a que los imaginarios de ambas culturas lleguen a un punto de inflexión, el punto de vista tradicional local se empapa poco a poco del punto de vista extranjero que con el tiempo se va adhiriendo, llevando a las artes a una nueva concepción, a una evolución de sí mismas. Llegar a éste punto es sencillo solo para la música, que no tiene que esperar a que las estéticas congenien, ya que tiene el don de ser la más universal de todas porque es bella por sí misma, casi al grado de que no necesita dar razones del por qué de su belleza.

El ritmo sincopado del tambor viene de África; en Cuba se une a las guitarras que tocan el romance español y con los cantos de las tribus de allí, y entonces nace el son cubano. En Colombia se une a las gaitas, las flautas y el guache, instrumentos indígenas, y fusionando un poco las formas de los bailes, nace la cumbia. En Brasil con guitarras, panderetas y cavaquinhos da origen al samba. Así, de la evolución a través de la fusión musical de diferentes tradiciones, nace una nueva tradición y costumbres del lugar. 

Orgullo negro

Martínez no deja por fuera el tema de la espiritualidad de los seres africanos venidos a América. No debió ser fácil la condición del esclavo, quien transportó su cultura ancestral hasta la muerte en callada intimidad y la transmitió a sus hijos para que no muriera con él. Su cultura tuvo que ser transformada lejos de las tierras de origen pero el ser no cambió en esencia. Por eso, este brusco choque de culturas originó cosas como nuevos ritmos musicales, gracias a la fusión de estilos e instrumentos, y la transformación secreta de los Orishas (dioses del continente africano) en santos representativos de  religión sincrética llamada Regla de Ocha, que adoraba a los dioses tradicionales cambiándoles el nombre por el de un santo católico.

Si bien es cierto hay aceptación y adherencia de las culturas española e indígena en el imaginario del ser muntú, cada representación cultural era teñida de alguna forma para que se convirtiera en representación cultural de este ser, es decir, se hacía como los demás pero al estilo propio del ser espiritual africano.

 En secreto se proclamaba una religión pero se adoraba otra, se era llamado por el nombre que el amo escogiera pero en reconocimiento de sí mismos no olvidaban el nombre que les dieron sus madres. Tenían arraigadas dos dimensiones del ser, una para presentarse ante el amo y otra para representarse como miembro de una cultura propia. Un ejemplo en la literatura de esta bifurcación conceptual puede verse también en la novela La hoguera lame mi piel con cariño de perro de Adelaida Fernández Ochoa, donde Nay, una princesa africana, es esclavizada y llevada a América, ella deberá transmitir sus conocimientos religiosos y culturales a su hijo Sundiata, enseñarle la dignidad de su pueblo y prepararlo para el viaje de regreso a África. 

Poesía

Por éste tópico Martínez nos ofrece una tesis: es la poesía en sus formas narrativas y poéticas la que no deja que el ser africano muera como víctima del pasar del tiempo y las generaciones. Las historias y las canciones evolucionan pero no dejan de ser utilizadas,  sea ya como cantos para celebrar la vida que nace, o para acompañar a los difuntos; también como arrullos para los niños y canciones para el trabajo en las minas y las plantaciones. Poemas y canciones se transmitían como tradición, como cultura que perduraba, aunque no pudieran conversar con los pueblos de origen al otro lado del mar. 

Utilidad del libro

Es una pequeña enciclopedia completa sobre música y poesía afro donde Fabio Martínez  reflexiona acerca del factor de importancia que tuvo el hombre africano en la construcción de toda la cultura musical, literaria, histórica y social de América. El libro no solo informa, también invita a la reflexión y la investigación para que el lector tenga la oportunidad de buscar por sí mismo y, de esta manera, conocer de cuenta propia la belleza de las huellas africanas en la cultura de América.

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